La investigación en terreno como experiencia formativa en el Magíster en Oceanografía PUCV-UV

Estudiar Oceanografía supone mucho más que comprender los procesos que ocurren en el océano. Para quienes cursan el Magíster en Oceanografía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, implementado junto a la Universidad de Valparaíso, una parte importante de su formación ocurre fuera de la sala de clases: en laboratorios, durante jornadas de terreno, analizando muestras y datos o, dependiendo de la investigación desarrollada, participando en campañas científicas en distintos ecosistemas marinos.

“El programa es diurno, por lo que los estudiantes tienen dedicación exclusiva. Normalmente concentramos las clases en dos días, pero el resto del tiempo trabajan en sus tiempos, yendo a terreno, analizando los datos en el laboratorio o trabajando con muestras. Eso toma tiempo”, explica Juan Höfer, académico de la Escuela de Ciencias del Mar y director del programa.

Biólogo de formación y doctor en Biología por la Universidad de Oviedo, Höfer se ha especializado en oceanografía biológica y, durante la última década, ha desarrollado investigaciones vinculadas a los ecosistemas marinos de Patagonia y Antártica. Actualmente estudia, entre otros aspectos, los efectos del deshielo de los glaciares sobre los ecosistemas costeros polares y las interacciones entre la criosfera y el océano.

Desde esa experiencia, el académico también conoce de primera mano las exigencias que implica desarrollar investigación oceanográfica. En el programa, sus estudiantes participan en asignaturas relacionadas con oceanografía química y biológica, cambio global, análisis de datos mediante R y RStudio y, más recientemente, una asignatura teórico-práctica vinculada al uso de tecnologías de seguimiento de animales marinos, que incluye el empleo de dispositivos de geolocalización y drones. En este último caso, la experiencia práctica contempla además trabajo en Antártica.

Una formación ligada al lugar donde se investiga

La presencialidad del programa adquiere especial relevancia cuando se considera la naturaleza de las investigaciones que desarrollan sus estudiantes. Si bien algunas tesis pueden trabajar con información satelital o bases de datos disponibles, otras requieren acceder directamente a muestras, equipos y espacios de trabajo especializados.

“Hay gente que puede dedicarse a analizar datos de satélites o cosas así, que lo puede hacer desde su casa. Pero, por ejemplo, la gente que trabaja conmigo va a tener que ir a terreno y analizar datos en el laboratorio. Generalmente, lo tienen complicado para no estar aquí, por lo menos, una parte grande del proceso formativo”, señala Höfer.

El vínculo con el territorio también se expresa en las experiencias que algunos estudiantes han tenido durante el desarrollo de sus investigaciones. En los últimos años, alumnos vinculados a sus líneas de trabajo han participado en campañas en Patagonia y Antártica, mientras que otros han formado parte de experiencias internacionales junto a investigadores extranjeros.

“De las últimas generaciones, casi todos han tenido la oportunidad de hacer presentaciones en congresos internacionales, participar en publicaciones en revistas internacionales y varios de ellos han estado en el extranjero haciendo estancias de intercambio. Algunos incluso han participado en campañas internacionales con colegas extranjeros”, comenta.

Una de estas experiencias ocurrió durante el primer semestre de este año, cuando una estudiante que cursaba el segundo semestre del Magíster participó durante aproximadamente cinco semanas en una campaña científica a bordo de un barco alemán que recorrió los fiordos de la Patagonia.

La duración de estas campañas puede variar considerablemente. Höfer explica que algunas pueden extenderse por diez días, mientras que otras llegan a durar varias semanas, dependiendo de las características de cada investigación.

La tesis como parte de un ecosistema de investigación

Esta relación con el territorio comienza incluso antes de que el estudiante emprenda su trabajo de campo. Al ingresar al programa, cada estudiante debe contar con el patrocinio de un profesor guía, de acuerdo con una investigación que pueda desarrollarse a partir de sus intereses y de las posibilidades concretas que ofrece el entorno académico y científico.

“Cuando ingresan al programa deben tener el patrocinio de algún profesor que será su profesor guía y firmar una carta de compromiso. Ya hay un contacto previo, en el sentido de alinear los intereses del estudiante con algo que puede hacer”, explica el profesor.

La razón es también práctica. La investigación oceanográfica requiere acceso a datos, muestras, equipamiento y proyectos que permitan sostener el trabajo de los estudiantes, cuyos altos costos han derivado en soluciones pragmáticas, vinculando estrechamente la definición de una tesis con las investigaciones que ya desarrollan los académicos: “Muchas veces ese es el ajuste que hay que hacer: conocer cuáles son los intereses del alumno, qué profesor tiene datos o un proyecto activo sobre ese tema y que lo pueda alojar”, agrega.

La variedad de investigaciones desarrolladas actualmente en el programa da cuenta de esta articulación. Entre ellas se encuentran estudios sobre cambios en la línea de costa asociados a actividad sísmica, efectos de las marejadas sobre la erosión costera, condiciones físicas de los fiordos registradas mediante animales marinos, efectos de las condiciones oceanográficas sobre la alimentación de pingüinos en Antártica y distribución de gases de efecto invernadero en distintos ecosistemas.

Dos años que exigen organización y trabajo constante

Esta experiencia explica también por qué el programa está pensado para estudiantes con disponibilidad para involucrarse intensamente en su formación. El trabajo individual ocupa una parte importante del proceso y, aunque el plan de estudios contempla una estructura que acompaña el avance de la tesis, el ritmo de investigación exige autonomía y capacidad de organización.

“Dos años parece mucho tiempo. Parece que te va a sobrar el tiempo y luego todos acaban siempre ajustados. Incluso el que va muy bien, al final siempre tiene que correr. Hay que organizarse bien y avanzar”, afirma Höfer.

Para el académico, más que responder a un perfil determinado por el rendimiento académico previo, el programa requiere curiosidad y capacidad de trabajo. “No hace falta ser el más listo de la clase. Sobre todo, hay que tener capacidad de trabajo y ser ordenado. Hay que tener la capacidad de buscar información, leerla y ser curioso”, plantea.

La experiencia acumulada por el programa también ha llevado a incorporar mecanismos que favorecen ese avance progresivo de la investigación. Actualmente, algunos estudiantes optan por desarrollar una tesis tradicional, mientras otros pueden graduarse mediante un artículo científico que se encuentre en proceso de revisión.

Estos cambios forman parte de un proceso de mejora que el Magíster ha desarrollado durante los últimos años y que será nuevamente evaluado en el próximo proceso de acreditación. El programa, que comenzó a impartirse en el año 2000 y cuenta, por tanto, con 26 años de trayectoria, realizó una reestructuración de su plan formativo durante 2020 y 2021, cuya nueva versión comenzó a implementarse en 2022.

De acuerdo con Höfer, los resultados posteriores muestran avances en indicadores como los tiempos de graduación y las tasas de permanencia, aunque el desafío continúa en otras aristas.

En ese camino, la experiencia formativa del Magíster en Oceanografía mantiene una característica que atraviesa sus distintas áreas de investigación: aprender a estudiar el océano implica salir al encuentro del océano mismo. Ya sea mediante el análisis de muestras en laboratorio, el trabajo en terreno, o una campaña científica a kilómetros del lugar de estudio, la formación de sus estudiantes se encuentra estrechamente ligada a los espacios donde ocurren los fenómenos que buscan comprender.

Javiera Allendes

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